Gratitud
- Fundacion Hogar de la Misericordia
- 28 feb
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Gratitud
Es claro que todo cuanto existe ha sido creado por Dios, gratuitamente. Nada hay en el universo, por lo que alguien haya pagado un precio para crearlo. La vida misma es un don. El universo es un don. Los cuerpos humanos son un don. La inteligencia humana es un don. El alma y el espíritu del hombre; son dones. La fauna, la flora, los minerales, son dones. Todo es don: la salud, el pan de cada día y el lecho en que reposamos. Y nada se le ha dado a Dios por cada don. Dios nos ha regalado todas las obras de sus manos. (Cf. Sal 8,7)(Cf. A. 1068) Esto lo sintetiza bien el papa Francisco: «No tengo riquezas, mi riqueza es sólo el don que he recibido de Dios. Esta gratuidad es nuestra riqueza».
Pues bien, en esta enseñanza en mención, se nos recuerda que ni el dinero ofrendado, como las virtudes ofrendadas son propias, ya que sacamos de lo que le pertenece a Dios, poco o mucho, para dárselo, según la generosidad particular; pero finalmente, la ofrenda es de Dios mismo; si se las posee es por gracia divina y, por tanto, su presente le pertenece a Dios. El siguiente ejemplo ilustra lo dicho: es como el regalo que los niños hacen a sus padres con el dinero recibido de ellos mismos. En conclusión nada de cuanto al hombre llega es suyo, por esencia. Todo lo creado es de Dios (sal 8,4) y procede de él, directa o indirectamente. Ahora bien, se nos advierte que hay una sola cosa que el hombre tiene sin que le llegue de Dios: esto es el pecado, es su única propiedad, y le es exclusiva, lo cual puede ofrendarla a Dios, como presente suyo. Ese presente le complace a Dios. Por él, su venida al mundo, como el Salvador, toma su sentido pleno. Sin él, todo sería inútil y no habría Salvador. Razón por la que cada vez que el hombre recoge su pecado y lo ofrece a Dios, se humilla y le da el tributo de su reconocimiento. Esto tiene un doble significado: la criatura que se asume frágil, débil, pecadora y por eso necesitada de salvación y de Salvador y, a la vez reconoce a Dios como su Salvador y su salvación. Como lo dice Benedicto XVI: “Así pues, si es infinito el amor misericordioso de Dios, que llegó al punto de dar a su Hijo único como rescate de nuestra vida, también es grande nuestra responsabilidad: cada uno, por tanto, para poder ser curado, debe reconocer que está enfermo; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida”. De este modo el hombre se hace merecedor de semejante gracia, en el sacramento de la reconciliación, es ahí donde se hace pleno con el encuentro del Don de Dios al hombre, que es Él, en sí y el don del hombre a Dios, que en igual forma, es el hombre que se dona a Dios. Lo que permite un intercambio de voluntades: la de Dios al hombre y la del hombre a Dios. Por eso Jesús, nos dice primero como al paralitico: "Tus pecados quedan perdonados"…. el hombre, paralizado por el pecado, necesita la misericordia de Dios, que Cristo vino a darle, para que, sanado en el corazón, toda su existencia pueda renovarse.
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